Las trabajadoras invisibles

Por Andrea Perino
Con lluvia, calor, frío, granizos las mujeres al igual que los hombres realizan el diario sacrificio del ordeñe los 365 días del año y las tareas rurales. La distribución económica y más aún los espacios de decisiones son absolutamente desiguales prevaleciendo la cultura machista sostenida generación tras generación por el padre, el cónyuge y las mismas mujeres en la que el mandato familiar las ubica con la obligación de los quehaceres domésticos y la crianza de los hijos, además de servir al hombre.
A lo largo de 130 años de historia de la lechería en nuestro país las innovaciones tecnológicas y productivas fueron constantes, donde la mujer es protagonista igual que el hombre, pero su trabajo sigue siendo invisibilizado, sin ser valorado a pesar que colabora en el ordeñe, alimentación de las vacas, en la logística de insumos para el trabajo, poniendo de manifiesto como en la actualidad el fuerte machismo sigue siendo preponderante en la actividad.
En el caso de las mujeres de propietarios de tambos solo el 9 % cuenta con espacios de decisión institucional, la mayoría de ellas lo pudo hacer no por decisión propia, sino por necesidad, viéndose reflejado en la conducción de cooperativas tamberas, entidades gremiales en la que salvo dos o tres excepciones son presididas por hombres y sus comisiones directivas en la mayoría de los casos no las integran. Es decir la mujer tiene la obligación de realizar el trabajo, pero no el derecho de equidad en la decisión.

Hoy Igual que ayer 
Conmovedora y duras son algunas de las historias que desde niña, me contaba mi abuela Elba Séptima Gaido (foto), que hoy tiene 84 años, pero al igual que ella muchas mujeres siguen en la actualidad escribiendo la misma historia. Al conmemorarse el Día Internacional de la Trabajadora rural, decidí darle la palabra a ella, para que pudiera hilvanar parte de su historia, su vida y su trabajo en el campo.
«Era una vida esclava», comenzó diciendo para sintetizar el lugar de la mujer en el campo. «Vivíamos todos juntos, mi esposo, mi cuñado con su mujer y los cuatro hijos, dos nuestros y dos de mi cuñado, su señora y los nonos (suegros). Las mujeres íbamos al tambo por la madrugada y la tarde a ordeñar al igual que los hombres, pero luego teníamos todas las tareas del hogar a cargo y la crianza de los hijos». «Los hombres araban y sembraban, pero eso era por épocas, en cambio nuestro trabajo era continuamente».
«Ordeñábamos a mano, muy poco con máquina, lavábamos la ropa a mano y para cocinar teníamos una cocina a leña, sólo en ocasiones usábamos a kerosene», comentó Elva Gaido. Además dijo que no tenían heladera, luego apareció la heladera a kerosene.
En cuanto al manejo económico expresó que «cobraba el nono y después le daba un poco a cada uno, se cubrían todos los gastos. Si se compraba una papa el nono la anotaba y luego había que pagarla entre todos». Con respecto al tema Gaido agregó que todas las decisiones las tomaban los hombres, «lo que decían los hombres se hacía».
Por otra parte recuerda que las tareas hogareñas eran realizadas por turnos entre ella y su cuñada rotando semanalmente en la distribución de las mismas a los fines de atender a los hombres y poder realizar el trabajo en el tambo, mientras su suegra cuidaba a los niños que se entretenían al regresar de la escuela con ramitas, tarritos, la gomera hasta el medio día, quienes después del almuerzo tenían la obligación de dormir la siesta.
Poco disfrutó del nacimiento de los hijos al contar que los primeros días de la llegada de sus dos hijos  no fue a ordeñar, pero «mi suegra, ni siquiera me dio tiempo a que me bajara la leche... decía <<el chico llora porque tiene hambre>>, y ahí nomás ponía a calentar la leche de vaca y le daba la mamadera». Además comentó que sabía que eso no estaba bien, que la leche iba a bajar, pero no tenían ni siquiera esa decisión sobre sí mismas y sus hijos.
Así mismo señaló que durante el embarazo en épocas de nauseas o vómitos, como así también cuando los hijos estaban enfermos significando pasar la noche sin dormir, no tenían contemplación «a la madrugada, me golpeaban la puerta de la habitación para que me levantara para ir al tambo».
En cuanto a la actividad social participaban de los pocos bailes que se realizaban en el pueblo, como así también se organizaban comilonas, acotando que mientras fue soltera participaba de bailes en salones de campo o escuelas en la que cantaba junto a su hermano que tocaba el acordeón, pasión que tuvo que abandonar al casarse.
Para cerrar Elba Gaido imploró: «Yo a veces pienso la vida que hicimos, Dios me libre y me guarde, nada de lindo».
Mujeres como pocas, pero muchas en su época, trabajaban a la par del hombre y también se ocupaban de las tareas domésticas y de sus hijos, criaban gallinas y hacían huerta. Sin embargo no eran respetadas en lo más mínimo, siempre abusadas y violentadas en el ceno de familias patriarcales, sin tener espacio a para opinar o decidir. 
Sumidas en anhelos no realizados, en el caso de Elba Gaido, mi abuela, el deseo de haber podido cantar en el coro de la iglesia, pero dando gracias a Dios por su salud y poder compartir con sus hijos y nietos estos años en su hogar. 
Una realidad que a pesar de la incorporación de tecnología, confort y haber logrado leyes que la ubican en un plano de mayor igualdad, poco cambió culturalmente la vida en el campo para la mujer, donde el hombre sigue teniendo la palabra.
La implementación del Día de la Mujer Rural tiene como fin concientizar a la sociedad toda sobre  la ardua tarea que llevan en materia agrícola- ganadera, en la crianza de sus hijos, y la seguridad alimentaria, pero además poder visibilizarla como una trabajadora sujeta de derechos, con derecho a la educación, preparación técnica, a una cobertura social, y con garantía de seguridad laboral.

Un reconocimiento a su aporte
Más de la mitad de la población rural está compuesta por mujeres que trabajan, producen, deciden y sostienen.
La Asamblea General de las Naciones Unidas instituyó -en 2007- el 15 de octubre como el Día Internacional de las Mujeres Rurales, con el objetivo de reconocer la función y contribución decisivas, incluida la mujer indígena, en la promoción del desarrollo agrícola y rural, la mejora de la seguridad alimentaria y la erradicación de la pobreza.
Las mujeres rurales se ven afectadas de manera desproporcionada por la pobreza y se enfrentan a múltiples formas de discriminación y violencia. En su mayoría, dependen de los recursos naturales y la agricultura para subsistir, y representan una cuarta parte del conjunto de la población mundial. 
En los países en desarrollo, ellas suponen aproximadamente el 43 por ciento de la mano de obra agrícola y producen, procesan y preparan gran parte de los alimentos disponibles, por lo que sobre ellas recae la gran responsabilidad de la seguridad alimentaria. Teniendo en cuenta que el 76 por ciento de la población que vive en la extrema pobreza se encuentra en zonas rurales, garantizar el acceso de las mujeres rurales a recursos agrícolas productivos empodera a las mujeres y contribuye a reducir el hambre y la pobreza en el mundo.
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